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Lo que dijo el hincha español

Sobre algo que apareció sin buscarlo y se quedó dando vueltas · Entrevista: ElDoce.tv

Hay voces que uno escucha una vez y las deja pasar, y hay otras que insisten, piden ser escuchadas de nuevo. La de este hincha español, grabada apenas terminada la final, es de las segundas. La vuelve valiosa el lugar desde donde habla: parado sobre la victoria, mirando hacia el costado derrotado con una franqueza que nadie le exigía.

“Es ejemplar que Argentina se haya quedado hasta el final, incluso después de que nos dieran el trofeo. Yo, si hubiera sido el que perdía, me hubiese ido del estadio cabizbajo, llorando. Y ellos se quedaron hasta el final final.” Alguien que ganó y se detuvo a mirar lo del otro, a encontrar algo digno de admirar en la derrota ajena. Eso, en el fútbol, escasea.

Le preguntan si pensaba que iba a ser fácil. Y él asiente con la cabeza antes de contestar: “en absoluto, yo venía con muchísimo miedo, el miedo se va desde que el balón echa a rodar”. El origen tiene nombre propio: Argentina contra Inglaterra, un partido en el que Inglaterra se puso en ventaja y Argentina tardó, empujando media hora larga sin premio, hasta que llegó el empate y ahí sí arrolló, ahogó a Inglaterra bajo su propio arco y sumó el segundo gol que dio vuelta lo que parecía perdido. “Yo venía bastante angustiado”, dice. Es la angustia que deja una remontada así, la que no se despega de la cabeza.

Y llega la frase central de la entrevista. Cuenta que cuando a Ferrán le anularon el segundo gol, pensó, textualmente: “Argentina nos empata”. Lo dice en presente, como si el empate ya estuviera ocurriendo aunque todavía no hubiera pasado en la cancha. Y agrega: “y yo creo que como yo, hemos pensado todos los españoles”.

Después llega la escena con el sobrino, la que más me gusta por su tono de charla de verdad, sin nadie mirando. “Con Argentina jugando con un hombre menos, fue con muchísimo mérito que se animaron a atacar”, dice. Y cuenta lo que le decía, en caliente: “cómo puede ser que seamos uno más, que siempre controlamos la pelota, y que estos, argentinos, perdónenme que les diga estos, que nos empatan”. Lo dijo con la voz cargada, con una bronca que no disimulaba.

Ahí aparece el espejo. Del lado argentino vivimos esa misma tensión, mirada desde el otro borde. Jugar con un hombre menos, contra un rival que no soltaba la pelota, exigió aguantar con el cuerpo, sostener el orden, confiar en que la paciencia iba a rendir. Los minutos que faltaban se sintieron eternos, del mismo modo en que a él se le hicieron eternos los segundos después del gol anulado.

Y llegó el gol de España, y Argentina, sin haber tirado un remate al arco en todo el partido, salió a buscarlo en los últimos quince minutos. Hubo una jugada de Messi que estuvo a centímetros del gol en contra, con Cubarsí sacando la pelota casi de la línea. Y hubo un córner que le quedó a Giuliano Simeone con el arco semivacío, el único remate cómodo de todo el partido para Argentina, que se fue por arriba del travesaño.

Las dos hinchadas vivieron el mismo partido con el miedo cambiado de lugar. Uno lo sintió antes del pitido final, cuando le anularon un gol. El otro lo sintió en el minuto ciento veinte, cuando una pierna llegó a tiempo. Escuchar a este hincha contar el suyo ayuda a entender mejor el propio.

Eso es lo valioso de una final así: no hace falta ganar para tener algo verdadero para contar, y el miedo de uno, dicho en voz alta, termina siendo el espejo exacto del miedo del otro.

Antes de irse, dijo: “nos vemos en la siguiente”.

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Veinte años de respuesta

Durante veinte años circuló la misma frase, dicha siempre por los mismos: pecho frío. La decían fuerte, como se dicen las cosas cuando no hay mucho para respaldarlas. Eran pocos, en realidad. Nunca fueron mayoría. Pero ocupaban toda la mesa del bar, toda la sobremesa, todo el grupo de WhatsApp cuando algo salía mal.

El que decía eso nunca jugó un partido que le costara nada. Es fácil hablar así cuando no hay riesgo de equivocarse en público.

Los demás no discutían tanto. Simplemente veían lo que había: un tipo que hacía cosas que no se veían en ningún otro. No hacía falta convencer a nadie de eso, hacía falta esperar. Y esperar veinte años, con Messi, terminó siendo la apuesta más segura del fútbol argentino.

Para nosotros la discusión ya estaba saldada mucho antes de Lusail. Para ellos, no. Necesitaron la Copa en la mano para bajar la voz, necesitaron un estadio en Qatar y una final ganada para admitir lo que veinte años de nivel ya habían demostrado sin necesidad de trofeo. Ahí está la diferencia real entre los dos lados: unos vieron y confiaron, los otros tuvieron que ser convencidos a la fuerza, con la única prueba que estaban dispuestos a aceptar.

Perder esta final no cambia nada de eso. Lo que estaba en discusión nunca fue si ganaba este partido puntual. Era si, durante veinte años, estuvo a la altura. Y esa pregunta ya tiene respuesta: veinte temporadas jugadas a un nivel que ningún resultado de un domingo puede borrar.

Se lo va a extrañar por algo simple: por la tranquilidad de saber que, cuando jugaba él, algo bueno podía pasar en cualquier momento del partido. Eso no quiere decir que la Selección no vaya a volver a darnos alegrías; las va a dar, con otros nombres, a su manera. Lo que no va a repetirse es la forma exacta en que él las daba. Se va a extrañar no tener que justificar por qué valía la pena ver a la Selección. Se va a extrañar haber tenido, durante dos décadas, la certeza de que con él en la cancha lo imposible siempre estaba a un pase de distancia.

A los del pecho frío no los vamos a extrañar, y no es por rencor. Es que nunca aportaron nada que se pueda extrañar: ni un argumento, ni una noche de nervios genuinos, ni una sola vez que se hayan jugado por algo antes de que fuera seguro. Lo único que van a dejar de hacer es hablar de un jugador que nunca entendieron mientras jugaba.

Eso no se extraña.

Se agradece que termine.

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Lo que el domingo no se ve

Hay una teoría que nadie escribe porque suena mal en los diarios: el futbolista sudamericano no es mejor que el europeo. Es anterior. Juega a un fútbol que existía antes de que el fútbol fuera una industria, y lo lleva encima como un idioma materno que ningún curso te enseña. El europeo estudia el juego; el sudamericano lo recuerda. Esa es toda la diferencia, y alcanza.

Este Mundial la puso a prueba de una manera curiosa: no con los grandes, sino con los chicos. Cabo Verde, una isla que la mayoría no ubica en el mapa, debutó en un Mundial y avanzó de fase sin ganar un solo partido. Tres empates, uno de ellos contra España. Después le tocó Argentina en dieciseisavos y perdió, claro, pero se fue del torneo habiendo incomodado a los dos que hoy juegan la final. Nadie lo va a recordar el lunes, y quizás por eso lo escribo hoy: los mundiales también los construyen los que se vuelven temprano. Cabo Verde fue el examen que ambos finalistas rindieron sin saber que era el mismo.

Argentina atravesó la fase de grupos sin despeinarse —Argelia, Austria, Jordania, y un Messi que a los treinta y nueve no compite contra rivales ni contra el tiempo: compite contra la idea de que algo así no debería ser posible— y entonces uno pensó que el torneo iba a ser un desfile. El fútbol tiene otra idea del entretenimiento. Egipto nos tuvo dos goles abajo hasta el minuto setenta y nueve. Suiza nos arrastró al alargue. Inglaterra se puso en ventaja en la semifinal. Tres veces el partido estuvo en el suelo y tres veces se levantó, y ahí está el detalle que me interesa: este equipo no remonta por talento, remonta por costumbre. Perder les resulta un trámite que no saben completar. Les falta ese gen.

Inglaterra, en cambio, lo tiene desarrolladísimo. Llegó con Bellingham, con Kane, con una nómina que parece un catálogo. Metió un gol y a partir de ahí hizo lo único que su fútbol le permite hacer con una ventaja: custodiarla. Se replegaron media hora contra el equipo que mejor huele la duda ajena en todo el planeta. No los critico; los entiendo. Cuando tu carrera es tu patrimonio, cada pelota dividida es una decisión financiera. El sudamericano no hace ese cálculo porque no tiene nada que amortizar: la camiseta de la selección no figura en su contrato, figura en su biografía.

Y sin embargo —acá viene lo que me descoloca a mí mismo— el equipo que mejor jugó este Mundial es europeo. España desarmó a una Francia que venía invicta y convencida, y lo hizo sin épica, casi con modales: un penal, una pared, y los franceses mirándose entre ellos como preguntándose quién había apagado la luz. Rodri administró el partido con la calma de un tipo que riega plantas. Lamine Yamal, que tiene edad para estar rindiendo materias, jugó como si la semifinal fuera un recreo.

España rompe mi teoría y a la vez la confirma. Porque no juega como Europa: juega como si hubiera crecido en otro continente y le hubieran dado presupuesto. Trata la pelota con un apego que no es táctico, es afectivo. No se guarda nada ni cuando le sobra el resultado. Si el fútbol sudamericano es un idioma materno, España es el único país de Europa que lo habla sin acento.

Por eso el domingo no es Sudamérica contra Europa, aunque los graphs de la televisión digan eso. Es algo más raro: son las dos únicas selecciones del torneo que quieren lo mismo. Las dos saben defender, las dos saben esperar, las dos pueden replegarse si el partido lo pide; lo demostraron cuando hizo falta. La diferencia es que ninguna lo elige como identidad. Para ambas, no tener la pelota es un accidente, no un plan. Y ahí está el problema hermoso de esta final: hay una sola pelota, y por primera vez en el torneo alguno de los dos va a pasar largos tramos haciendo lo que menos le gusta. La final no se va a definir por quién juega mejor con la pelota, sino por quién soporta mejor los minutos sin ella.

Y en el medio, un hombre que ya no tiene contra quién medirse. Messi va por su segundo Mundial seguido y enfrente está la generación que algún día va a contar que jugó contra él. Eso es lo único que les va a quedar de esta final si pierden: la anécdota.

Piensen lo que se juega de verdad. Si gana Argentina, el fútbol confirma que la memoria vence a la ciencia. Si gana España, confirma que la ciencia solo funciona cuando aprende a tener memoria. Cualquiera de las dos conclusiones dice exactamente lo mismo: que el fútbol que gana es el que se juega sin miedo. Los dos finalistas llegaron hasta acá por idéntica razón, y el que levante la copa no va a haber derrotado al otro; va a haberlo representado.

Por eso digo algo que suena raro pero que nadie me va a poder discutir el lunes: esta final no tiene perdedor. Tiene un campeón y un socio. Los que perdieron de verdad ya se fueron a casa, y perdieron todos por lo mismo: por especular, por cuidarse, por creer que a un Mundial se lo puede administrar. Francia lo administró. Inglaterra lo administró. Están mirando la final por televisión.

El domingo juegan los dos únicos equipos que entendieron que la pelota no se guarda.

Se gasta.